En Perico, parece que la convivencia tiene nuevo significado. Al menos en las inmediaciones de la “Carpa” Russet, donde la música no solo anima la noche, sino que además compite contra campanas, oraciones y cualquier intento de respeto básico.
Según los vecinos del barrio 23 de Agosto, desde que la carpa comenzó a funcionar,” las veredas están sucias con vaso con bebidas, las prendas de ropa interior por las veredas y orinadas las paredes de las casas y peleas ruidos de toda clase en el Barrio” afirmo una vecina en dialogo con SKY FM 106.1. Una postal urbana que, evidentemente, no figura en ningún folleto turístico.
Pero el detalle más curioso es que la Carpa Russet no se conforma con ser un boliche al aire libre. También parece haber incorporado una nueva faceta: la de interferir con la misa. La Parroquia Inmaculada Concepción, ubicada a metros del lugar, celebra su misa a las 20 horas. Sin embargo, desde temprano ya se siente el “clima espiritual” que propone la carpa: música a todo volumen, bajos retumbando y una banda sonora que acompaña cada rezo.
“No se respeta nada”, denunció una reconocida referente de la Parroquia. Y cuesta discutirle. Porque mientras en el templo se intenta generar recogimiento, silencio y reflexión, afuera el mensaje es claro: el baile va primero. La fe, si quiere, que se adapte al ritmo.
La ironía es inevitable. En barrios donde debería primar la convivencia, no importa si hay familias descansando, vecinos cansados o una comunidad religiosa celebrando su misa. Total, el ruido no pide permiso, y el descontrol tampoco.
Lo más llamativo es la sensación de impunidad. Porque el reclamo no es nuevo y el malestar es público. La opinión pública ya tomó nota: cuando hay dinero de por medio, las reglas parecen volverse flexibles, o directamente inexistentes. Incluso violando leyes y ordenanzas. Ni hablar del rol de los medios locales, desde los canales de tv tradicionales, hasta el otrora pasquín digital y/o “pseudos influencers”.
Por eso, el pedido que llega desde la parroquia y desde los barrios cercanos no es extravagante ni exagerado. Es simple: respeto. Respeto por los vecinos, por el espacio público, por las casas que amanecen sucias y por una parroquia que no debería competir con parlantes gigantes para poder celebrar una misa.
Tal vez sea hora de que las autoridades tomen carta en el asunto. Porque la convivencia no se mide en decibeles ni en recaudación, sino en algo que, por ahora, parece estar faltando: sentido común.

