La tarde caía con la rutina de siempre en el Barrio Municipal de Ciudad Perico. Un local de ropa americana, recién abierto, atendía como tantos otros días cuando la calma se quebró de golpe. Ladrones ingresaron, atacaron a la joven que estaba al frente del comercio, la golpearon, la ataron y la dejaron tirada, inmovilizada y en shock. Afuera, la calle Jorge Maffud (también conocida como Estanislao del Campo) seguía su curso, ajena a lo que ocurría puertas adentro.

El silencio duró lo que duró la huida. Cuando los delincuentes escaparon, la joven logró gritar pidiendo auxilio. Dos vecinas corrieron al escucharla y fueron quienes la desataron. Un vecino de la vivienda del frente salió de inmediato a ayudar y, con temor, revisó los baldíos cercanos para ver si los asaltantes se habían perdido entre los pastizales y yuyos altos que rodean la cuadra, según testigos escaparon por alli. Minutos después llegaron la Policía, la Brigada de Investigaciones y personal del SAME. El daño, sin embargo, ya estaba hecho.

El robo dejó algo más que pérdidas materiales: dejó miedo. Vecinos y comerciantes quedaron conmocionados por la brutalidad del ataque y por la sensación de estar expuestos. A pocos metros del lugar, otro comercio (también reciente) denunció que semanas atrás sufrió el robo de sus cámaras de seguridad. Para los vecinos de la zona, los hechos no son aislados: son parte de una cadena que se repite y que tiene un escenario común.

Los lotes baldíos privados, abandonados desde hace años, aparecen en cada relato. Pastos crecidos, oscuridad, rincones sin control. Según denuncian los vecinos, esos terrenos se convierten los fines de semana en puntos de reuniones clandestinas y, durante toda la semana, en refugio ideal para quienes delinquen. A eso se suma un problema sanitario que nadie parece atender: criaderos de ratas y basura acumulada que avanza sin límites hacia las viviendas.

“Es el caldo de cultivo perfecto para la inseguridad”, repiten en voz baja, con bronca y cansancio. Reclaman que los propietarios de esos lotes sean intimados y multados, que se limpien los terrenos y que dejen de ser tierra de nadie en medio del barrio. También piden más iluminación, porque cuando cae la noche las sombras ganan la calle, y mayor presencia policial, con móviles que recorran la zona de manera frecuente y no solo después de los hechos consumados.

El ataque a la joven comerciante expuso una realidad que los vecinos vienen advirtiendo desde hace tiempo: el abandono también roba. Roba tranquilidad, roba descanso y abre la puerta a una violencia e inseguridad que ya no distingue horarios ni lugares.