En los últimos días, en Perico y en distintos puntos de la provincia, asistimos a una disputa tan infantil como vergonzosa entre supuestas carpas carnavaleras que se presentan como “encuentros culturales”, cuando en realidad funcionan como eventos comerciales y empresariales encubiertos.
Se toma una tradición profundamente arraigada en el pueblo para impulsar el negocio del espectáculo. Las celebraciones tradicionales, especialmente las vinculadas a los mojones y a los encuentros comunitarios del norte provincial, poseen una mística propia que nada tiene que ver con boliches al aire libre. Allí el centro es la albahaca, la harina, el folclore carpero, el baile popular y la familia.
En Perico, espacios como la llamada “Carpa de Russet” o el “Lolla-Pach Carnavalódromo” han reemplazado esa esencia por una lógica de discoteca a cielo abierto. Se contratan artistas sin ningún vínculo con el sentimiento carpero, seleccionados únicamente porque “venden entradas”, vaciando de contenido cultural al Carnaval.
Las consecuencias son previsibles: disturbios, ruidos molestos, estafas y hechos de violencia. Cuando el objetivo central es el lucro, la venta de alcohol y entradas, la seguridad deja de ser preventiva para volverse reactiva y, muchas veces, violenta. En estos eventos masivos, el anonimato y el amontonamiento facilitan el robo, la agresión y la ruptura de la convivencia con los barrios cercanos.
Aún así, existen ejemplos que resisten esta mercantilización. lugares como Maimará, Tilcara o Humahuaca conservan una fuerte identidad cultural: allí sigue siendo un espacio familiar, de compadres y comadres, donde la tradición pesa más que el “VIP” y el nombre rimbombante de un artista de moda.
Mientras estos eventos generen movimiento económico, la mirada de autoridades parece desviarse. Se olvida que el deber del Estado es proteger tanto al consumidor, para que no sea estafado, como al ciudadano común, garantizando orden, descanso y convivencia.
Es lamentable que en Perico se esté vendiendo “gato por liebre”, utilizando el nombre de carpa para encubrir festivales comerciales sin alma, algunos incluso organizados por personas que violan la ley a la vista de todos, sin control ni sanción correspondiente.
El Carnaval no es un negocio nocturno: es identidad, memoria y cultura popular. Cuando se lo reduce a un boliche, pierde legitimidad y sentido.

