En tiempos donde al peronismo se le exige coherencia y se sanciona a militantes por “jugar para otro equipo”, la política periqueña ofrece un caso digno: el de la actual concejal de La Libertad Avanza, Mónica Alaniz, una dirigente que parece haber entendido la política no como una doctrina, sino como un ropero con múltiples camisetas listas para usar según sople el viento.

Monica Alaniz no solo fue candidata y funcionaria del denunciado de corrupción y destituido partido VIA, sino que hoy ocupa una banca bajo el sello libertario, ese espacio que se presenta como “antisistema” y enemigo histórico del PJ. Hasta ahí, una pirueta ideológica más en la política moderna. Lo llamativo surge cuando se conoce que, mientras levanta banderas ajenas, seguía afiliada al Partido Justicialista.
Sí, afiliada. Al partido que dice no representar, al espacio del que otros fueron suspendidos y expulsados por mucho menos.

Mientras el PJ atraviesa un proceso interno de sanciones, suspensiones y pedidos de expulsión a militantes y dirigentes por haber competido en otros espacios, el caso Alaniz desnuda una vara que parece no medir principios sino conveniencias. Porque si la regla es clara, ¿cómo se explica que una concejal de La Libertad Avanza mantenga su ficha en el padrón justicialista?

La respuesta parece simple: oportunismo político.
La triple casaca: VIA ayer, PJ en los papeles, libertaria en los discursos no habla de diálogo democrático. Habla de algo más básico: falta de convicciones. De una política entendida como trampolín personal y no como compromiso con ideas, militantes y votantes.

En momentos donde vecinos reclaman coherencia, el caso Alaniz funciona como espejo de una práctica vieja pero persistente: decir una cosa, firmar otra y votar desde un lugar distinto. Todo al mismo tiempo.
Según su lógica, lo único que importa es estar siempre… del lado que convenga.