Por Marcos Huanca

Hay hijos de Perico que, a lo largo de su vida, construyeron una forma singular de relacionarse con los demás y de abrazar esos nobles ideales que le dan sentido a la vida. Hombres que sobresalen no por buscar reconocimiento, sino por la manera en que vivieron, trabajaron y trataron a quienes tuvieron a su alrededor. Don Ciro fue uno de ellos.

Su nombre aparece naturalmente cuando se habla de personas queridas de Perico. Durante muchos años, todos los días, estuvo en la puerta de la Feria Minorista y Club Talleres junto a Doña Nely, su compañera, detrás de aquel carro de panchos de Villafañe y Líbano que terminó convirtiéndose en lugar obligado de la ciudad.

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Los panchos hicieron lo suyo, claro. Pero no explican por sí solos el cariño que Ciro supo ganarse. Había en él una manera sencilla de estar con los demás, de compartir y de hacer sentir bien a quienes se acercaban. Su conducta, su trato y una moral acrisolada en los actos cotidianos fueron construyendo ese reconocimiento que no se consigue de un día para otro y que, justamente por eso, permanece.

También quedaron aquellas jornadas en las que regalaba panchos: los chicos esperaban con entusiasmo y se acercaban a su carro sabiendo que allí había algo más que una comida. Era un gesto de generosidad que Ciro repetía con naturalidad, sin convertirlo en otra cosa.

Fue músico, arquero, familiero y, por encima de todo, periqueño. Quienes lo conocieron en la intimidad recuerdan al hombre que en su casa podía estar tocando un instrumento, escuchando a León Gieco o a Sui Generis junto a sus hijos Lucas y Belén. Allí también estaba el Ciro que quizá conocieron menos quienes solamente lo encontraban detrás del carro.

Por eso será recordado por una vida construida en contacto permanente con los otros, por su familia, por sus amigos, por su música y por esa forma honesta de ganarse un lugar en la memoria de la ciudad.

Hay personas que pasan por un pueblo y hay personas que terminan formando parte de él. Que en paz descanse, Don Ciro.